Se me endurece la panza y vuelvo a sentir la misma vergüenza que sentí el día que me descubrieron.
Era una tarde de primavera tucumana. Mi mamá cosía y bordaba mis mallas de patín junto a su mejor amigo Daniel, un gran artista que con la magia de sus manos dibujaba murales en mi cuarto de niña.
En la mesa había hilos, canutillos, laycra, mate y 50 pesos, cabe destacar, que eran los años 90 y que alcanzaba para mucho.
Se acercaba la hora de mi clase de patín artístico, mi madre me ayudó a ponerme mi mallita de colores fucsia, blanco y gris. Agarró las llaves del auto y yo recogí los 50 pesos de la mesa y me los guardé adentro de mi mallita, a la altura de mi pecho.
Cuando llegué al club, vi a todas mis compañeras y, en el recreo, les invité a cumplir un sueño: comer panchitos con Coca Cola en la cantina todas juntas.
Cuando el señor de la cantina me dio el vuelto, no sabía qué hacer. Corrí a los brazos de mi profesora Edgar para entregarle el resto del dinero como un regalo para ella. Pero no quiso recibírmelo.
¡Yo no sabía qué hacer con tanto vuelto!
Y como dicen cuando algo desaparece: ¡se lo tragó la tierra! Decidí enterrar la plata.
Hice un huequito al costado de la pista de patín, puse el vuelto en el pozo y luego lo cubrí con tierra. ¡Listo! no existe más, nadie se acordará.
Enterrar objetos parece que era mi diversión. Me acuerdo que en una oportunidad enterré un guante de mi madre en el fondo de la casa de mi Tío Carlos, en Bella Vista. Cada vez que íbamos de visita, mi mamá me mandaba a buscar su guante. Nunca más me acordé en qué parte lo enterré.
Sin embargo, esta vez era distinto. La mamá no me había prestado esos 50 pesos para jugar y pero sí se acordaba muy bien de ellos. Cuando llegó a buscarme al club con cara de afligida, Edgar, la profe, le contó que yo le quise regalarle dinero.
Su cara se desfiguró y sus ojos me enviaron unos rayos que parecían quemar mi pequeño cuerpito de 6 años.
Me subí al auto, donde estaba Daniel y cuando llegué a casa me dio un discurso de mi accionar y luego me pegó un chirlo en mis manos. Me contó indignada que esa plata era para Daniel y que yo había robado. Y que eso no se hace, que una persona debe sentir vergüenza cuando roba o miente.
Es decir, la re cagué.
Parece que algo pude comprender, porque sentí mucha vergüenza cuando vinieron mis amigos del barrio a buscarme y ella les dijo en voz súper alta:
¡No saldrá por chora!
Casi me muero. Hasta el día de hoy, casi me muero.
